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DISCURSOS
LEÍDOS ANTE LA
REAL ACADEMIA SEVILLANA
DE BUENAS LETRAS
EL 3 ¡DE ENERO DE 1897
POR EL EXCMO. SEN r OR
D. MANUEL PÉREZ DE GUZMÁN Y BOZA
Marqués de Jerez de los Caballeros
Y EL SR. D. FRANCISCO RODRÍGUEZ MARÍN
EN LA RECEPCIÓN DEL PRIMERO
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XX
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SEVILLA
X Imp. de E. RASCO, Bustos Tavera i
1897
lONAC!0N VI
OMT OT@
DISCURSO
LEÍDO POR EL EXCMO. SEÑOR
DON MANUEL PÉREZ DE GUZMÁN Y BOZA
Marqués de Jerez de los Caballeros
EL 3 DE ENERO DE 1897
Señores Académicos:
I muchos hombres, encanecidos en el
estudio de las divinas y humanas Le-
tras, en idéntica circunstancia á la en
que yo me encuentro y en ocasión
igual á esta que vuestra bondad sin
límites me ha deparado, dieron principio á sus dis-
cursos ponderando la benevolencia del instituto que
los acogía en su seno, y haciendo pública confesión
de lo escaso de su saber, ¡qué debiera yo de deciros
en este día, sin alardes de falsa modestia y deján-
dome llevar sólo de los impulsos de mi corazón!
Nada he sido; nada soy; nada seré. Tiendo la vista
á mi alrededor y me avergüenzo de mi pobreza en
comparación con el rico caudal de conocimientos que
todos atesoráis. ¿Qué he aportado yo al acervo co-
mún de tantos merecimientos como representa esta
2
— 6 —
Corporación ilustre, si gloriosa en los pasados siglos,
digna en el presente de su preclara historia? Vos-
otros habéis cultivado las Letras y las Ciencias. Unos
habéis discurrido por los campos de la especulación;
otros habéis sorprendido las maravillas de los mun-
dos del Arte. Sois conocidos y ensalzados todos por
vuestras obras. Mas ¿qué hice yo para merecer un
puesto entre vosotros? ¡Ni tan siquiera lo solicité!
Bondad vuestra es y obsequio de amigo el puesto
con que me honráis. Pero nó: si vuestra bondad es
mucha, mucha es también vuestra prudencia; y me
doy á entender que algo hallasteis en mí por donde
justificar vuestra elección. Y ved cómo, señores Aca-
démicos, hay momentos en la vida del hombre en
que debe prescindirse de la misma modestia; y có-
mo, porque éste es uno de esos momentos críticos,
debo yo, no en mi obsequio, sino en el vuestro,
hablaros de mí mismo, y decir públicamente cuál
fué la razón que tuvisteis para nombrarme Individuo
de número de esta Real Academia. Lo diré en dos
palabras: mi amor, mi entrañable amor á las Letras
castellanas, la devoción de toda mi vida á la hermo-
sa y rica poesía española. Esta devoción, este amor
que casi nació conmigo y que, como fueguecillo
que aventado es hoguera, avivado por el trato ínti-
mo de muchos hombres de saber, es hoy incendio
voraz, hace que emplee largas horas del día en bus-
car con empeño obras del ingenio español, sal-
vando no pocas de las injurias de los tiempos, y
redimiendo algunas, por medio de la imprenta, del
injusto olvido en que se las tiene. Velar por esas
— 7 —
obras y divulgarlas: hé aquí á lo que aplico mis débi-
les fuerzas. Ni aspiro ni aspiré á pasar plaza de poe-
ta; porque puedo decir con más razón que Miguel
Cervantes, que el Cielo no quiso darme esa gracia.
Ni osé ni osaré á que se me tenga por literato;
porque apenas si me he ensayado en la redacción
de nimios trabajos bibliográficos, de valer tan esca-
so, que nadie ha parado mientes en ellos. Premiáis
en mí, señores Académicos, una, no todas, de las
cualidades que adornan al bibliófilo: mi amor á los
libros. No sé yo si esto solo bastará para que satis-
fagáis á la opinión pública, que antes que vosotros
da puesto, y lo que es más, los quita también, no
ya en ésta, sino en todas las Academias y en todos
los centros y en todos los órdenes en que se desen-
vuelve la actividad humana.
Dicho esto, he de deciros, además, que pasé no
pocas horas perplejo en la elección del que habría
de ser tema de mi discurso; y que al cabo de ellas,
y después de dar de lado, á unos por serme de
difícil desempeño, y á otros porque eran más apro-
piados para el libro ó el periódico que para esta
solemnidad, me decidí á hablaros de una Academia
Literaria, de la cual son muy pocas las noticias que
hasta hoy llegaron al público, á pesar de ir su re-
cuerdo unido, como la sombra al cuerpo, á aquel
ingenio peregrino, ornamento de Sevilla, gala del
Parnaso, maestro de maestros y Director de esta
Real Academia, cuyas cenizas yacen de aquí á poco
trecho, bajo las bóvedas del templo de nuestra Uni-
versidad Literaria: el insigne y nunca loado lo bas-
8 —
tante, sabio humanista D. Alberto Lista y Aragón.
Me refiero, señores, á la Academia del Mirto, citada
al acaso por D. Antonio Ferrer del Río en el pró-
logo á las poesías del Byron español, y por algún
que otro crítico en libros y periódicos de los que no
queda en el recuerdo del común de las gentes ni
tan siquiera el nombre.
La casualidad, á la que tanto deben los bibliófi-
los, trajo un día á mis manos un legajo de manuscri-
tos. Me bastó leer las primeras páginas para repu-
tarlos desde luego por joyas de muy subido precio.
Tratábase de muchas, y en su mayor número, poe-
sías originales é inéditas de los ingenios que más
lucieron en la primer mitad de este siglo; autógrafas
las más y las más también con inequívoco sello de
origen: un mirto, y á su alrededor esta inscripción
Academia del Mirto ; amén de la nota puesta en
muchas de haber sido leídas en las juntas celebradas
por aquella Academia. Avancé en la lectura y tro-
pecé con un documento precioso: el discurso del
presidente en el tercer aniversario de la institución.
Mi curiosidad subió de punto, y leyendo, renglón
por renglón y letra por letra, todas y cada una de
las poesías, concordando nombres y fechas y eva-
cuando no pocas citas, pude, no sin fatigosa labor,
reunir algunos antecedentes para dar las breves no-
ticias que como humilde dón traigo hoy á este Cen-
tro de cultura, casa solariega de las letras sevillanas.
Mas como quiera que nunca fui amigo de enga-
lanarme con plumas ajenas, me anticipo á deciros
por donde llegó á mis manos el material con que
— 9 —
construyo la débil fábrica de este mi discurso. Per-
tenecieron un día los manuscritos de que he hecho
mención al citado D. Alberto Lista, quien, como es
de suponer sabido el cariño de padre que profesó á
sus discípulos y el mucho aprecio en que tuvo to-
das las obras de aquéllos, los guardo hasta su muer-
te como oro en paño, yendo luego á poder de su
entrañable amigo y testamentario el por muchos tí-
tulos respetable Rector que fue de la Universidad
Literaria de esta ciudad, Sr. D. Antonio Martín Vi-
lla, cuyo recuerdo vive entre vosotros, que alcanzas-
teis sus días y escuchasteis sus provechosas leccio-
nes. Muerto también el Sr. Martín Villa, pasaron los
manuscritos de que trato, con otros muchos, á ser
de la propiedad de uno de los deudos de aquel es-
clarecido maestro, quien los dono al que fué Acadé-
mico electo de esta Academia, el tan modesto como
laborioso y erudito bibliófilo, el malogrado señor
D. José Vázquez y Ruiz. Conocía éste mi afición á
los poetas españoles, y contribuía con su inteligen-
cia y pericia á enriquecer mi biblioteca; y no vaciló
en ofrecerme, como regalo de subido valor, los que
él tenía por verdaderos documentos para escribir, si
no la historia, memorias breves de una Academia
poética que influyó por mucho en educar el gusto y
en nutrir la inteligencia de la juventud que fué luego
timbre de gloria de la nación española. ¡Quién hu-
biese dicho á Lista, Martín Villa y Vázquez Ruiz que
el tesoro por ellos conservado iba á dar en estas
torpes manos mías! ¡Ellos, que no yo, hubieran es-
crito con pluma de oro lo mucho y bueno que pue-
IO —
de escribirse de los Académicos y de la Academia
del Mirlo!
No eran aquellos tiempos los más favorables
para el cultivo de las bellas letras. Soplaban vientos
de tempestad, que arreciaban á cada instante, y ha-
bíanse apoderado de los espíritus la intranquilidad y
el desasosiego que despierta la previsión de suce-
sos faustos ó infaustos, pero de influencia poderosa
en la vida de una nación. Los partidarios del antiguo
régimen alzaban orgullosos y una vez más la ca-
beza, y con nuevos bríos y con mayor empuje que
en otros días apercibíanse á nuevos combates con
sus encarnizados enemigos los mantenedores del ré-
gimen constitucional. Alentaba á los unos la doci-
lidad del Monarca y la creencia errónea de que no
había germinado en España la semilla de la libertad:
desesperaba á los otros el triunfo de una causa á
la que tuvieron perdida para siempre. Alientos de
una parte y desesperaciones por otra habían de pro-
ducir tristísimos resultados. El decreto de i.° de
Octubre de 1823 fué el comienzo de una reacción
desatinada, durante la cual, al decir de un historia-
dor, corrió como frase usual «que se debía exter-
minar la familia de los negros hasta la cuarta gene-
ración», á cuyo intento se resucitaron las purifica-
ciones, inventadas durante la guerra de la Indepen-
dencia; se establecieron la Superintendencia de Vi-
gilancia Publica y las Comisiones militares ejecuti-
vas; se improvisaron compañías de apaleadores; pu-
diendo repetirse en toda España la frase proverbial
en Galicia: «En Santiago no hay más ley que Bedia
y Morey.» La Gaceta designaba á los constitucio-
nales con los nombres de pillos, asesinos y ladrones.
Por decreto de 9 de Octubre de 1824 se condenaba
á la pena de muerte á los que usasen las voces
alarmantes y subversivas de ¡Viva Riego! ¡Viva la
Constitución! ¡Mueran los serviles! ¡Mueran los ti-
ranos! ¡Viva la libertad! Desde el 24 de Agosto
de 1823 al 12 de Septiembre del mismo año fueron
ahorcadas ó fusiladas 102 personas. Un pobre me-
nestral, por tener colgado en su casa el retrato de
Riego, fué condenado á diez años de presidio, y su
mujer, como cómplice, á otros diez de galeras. El
periódico El Restaurador escribía: «Desde que el
Rey ha salido de Cádiz han entrado ya en aquella
plaza cuatrocientos ochenta bribones y bribonas de
la negrería. Antes había cerca de mil. No se puede
andar por aquella ciudad, porque no se ve más que
esa canalla; y como no tienen nada que hacer, se
están todo el día en las calles como los judíos.»
Porque durante el régimen constitucional se habían
establecido varios colegios y academias militares, se
mandó que se cerrasen las de Alcalá, Segovia, San-
tiago, Granada y Valencia, fundando la orden en
que la juventud educada en ellos estaba imbuida en
las detestables máximas de la revolución. Porque
varios estudios, como los de Física y Química, ha-
bían merecido entonces alguna protección, fueron
suprimidos, invadidas las cátedras y destrozadas las
máquinas por un vulgo ignorante á quien se hacía
ver en la ilustración el mayor enemigo de la Iglesia
y del Estado. «Formábanse guerrillas, dice un his-
toriador (i), de gente soez y perversa en gran parte,
pagadas ó sostenidas por personas de superior valía,
y cuyo objeto era insultar de palabra y obra á los
liberales, absteniéndose los realistas, y aun la auto-
ridad superior de las poblaciones, de contenerlos, y
pasando cuando más á hacerlo con blandas é inefi-
caces amonestaciones.» «Al llamado desorden cons-
titucional (escribe otro historiador) sigue el orden
de las cárceles, de los cadalsos y de la tumba. Al
trágala sigue la marcha realista.»
Víctima de aquella desatentada reacción fué en-
tre otros el célebre colegio de San Mateo, estable-
cido en Madrid por el presbítero D. Juan Manuel
Calleja, y en el cual dejaron oir su autorizada pala-
bra maestros tan eximios como Cabezas y el famoso
crítico Hermosilla. De aquel plantel de inteligencias,
que años después dieron sazonadísimos frutos á la
patria, levantando en alto grado su nivel intelectual,
era maestro de maestros D. Alberto Lista, quien
después de su larga y penosa emigración á Fran-
cia y vuelto á España, falto de recursos, de una
parte, y de otra siguiendo la vocación de toda su
vida, se dedicó á la enseñanza de la juventud, abrien-
do cátedras de Humanidades y Matemáticas en Pam-
plona y Bilbao, y en Madrid al advenimiento cons-
titucional el año de 1820.
En aquel colegio Lista tuvo muchos y aprove-
chados discípulos, amantes todos de las buenas le-
tras y cultivadores los más de la poesía. Basta citar
(1) Dunham. — Alcalá Galiano.
— 13 —
los nombres de Gabriel Ferrer y Dávila, Santos Ló-
pez Pelegrín, Felipe Pardo y Aliaga, Antonio José
Cavanilles, Luis de Usoz, José de Espronceda, Ven-
tura de la Vega, Juan Bautista Alonso, Luis María
Pastor, Jaime Dot, Luis Orellana, haciendo caso omi-
so de otros muchos, para que fácilmente se com-
prenda que debió de haber, y ciertamente la hubo,
verdadera comunidad de ideas y de pensamientos
entre profesor y discípulos, y que formaban una cari-
ñosa familia en la que todos seguían las inspiraciones
y las huellas del padre común, del sabio maestro que
traducía sus lecciones en peregrinas obras admira-
das de propios y extraños.
Cerrado aquel colegio, el venerable Lista se de-
dicó á dar lecciones particulares de Historia y Lite-
ratura, sin abandonar á aquellos sus muy amados
discípulos, antes al contrario, siguió alentándolos en
sus aficiones y dirigiendo sus talentos con la pericia
en que fué sin igual; pudiendo decirse, en frase de
mi llorado amigo, el antes citado señor D. José Váz-
quez y Ruiz, que fue la savia que alimento por al-
gún tiempo aquellas tiernas plantas, que produjeron
después ricos y abundantes frutos. Bajo su direc-
ción la lira de Castilla recobró sus antiguos bríos.
Ensayaron todos los géneros poéticos, desde la dul-
ce endecha hasta el varonil y robusto canto épico.
El lirismo en particular levantó muy alto su vuelo,
fijó sus leyes con el constante estudio de los bue-
nos modelos y alcanzó merecidos triunfos en nuestro
Parnaso.
Bien podemos afirmar que, dirigidos por Lista,
3
— 14 —
fundaron la Academia del Mirto. No conozco ni
tengo noticia de que se hayan conservado los Esta-
tutos de aquel centro educativo; pero no será arries-
gado decir que, careciendo de todo carácter oficial,
era á manera de las tertulias literarias de nuestros
días, entre ellas la que creó en esta ciudad el sen-
tido poeta Sr. D. Juan José Bueno, en las cuales la
mayor confianza y la intimidad cariñosa reúnen á
todos y les hacen comunicar sus pensamientos, sien-
do á un tiempo mismo maestros y discípulos, apren-
diendo y enseñando a la vez, sin otros estímulos
que los de la generosidad, libres de ruines pasiones
y sin sentir los envenenados dardos de la envidia.
Data la fundación de la Academia del año 1823,
y, cuando menos, duró hasta el de 1826. Puede afir-
marse así, no sólo porque entre las muchas piezas
poéticas que se conservan de las leídas en sus juntas
ninguna tiene fecha anterior al primero de dichos
años ni posterior al segundo, sino también porque en
algunas se consigna que fueron leídas en junta cele-
brada el día 25 de Abril de 1824, primer aniversa-
rio de la Academia, como en la que se celebraba el
tercero, 26 de Abril de 1826, fué leído el discurso
de D. Antonio José Cavanilles, á la sazón su presi-
dente.
Del espíritu que animaba á la Academia y de
las tareas en que los Académicos se ocupaban nos
da noticias el discurso de Cavanilles á que me he
referido.
«Hoy hace tres años, decía en 25 de Abril
de 1826, que, reuniendo nuestros conocimientos li-
— li-
terarios, procuramos aprender la más noble, la más
útil, la más ignorada y la más difícil de las ciencias.
Si no se tuviesen por parciales mis elogios, habla-
ría de vuestros adelantos, manifestaría vuestra cons-
tancia y talento, y os felicitaría por haber acogido
en vuestro seno á las Musas castellanas. Vosotros
las amparasteis cuando temerosas huían de la revo-
lución y de la guerra; les ofrecisteis un asilo y tor-
naron á sonar sus dulcísimos cantares.»
Ciertamente el fin principal que perseguían aque-
llos jóvenes entusiastas era el cultivo de la poesía.
Encarecía Cavanilles el estudio de los buenos
modelos, y añadía estas palabras, que parece que
están escritas para los tiempos que alcanzamos:
«Los buenos modelos enseñarán al poeta á en-
galanar el pensamiento con las bellezas del idioma;
le enseñarán á manifestar sus sentimientos de modo
que se introduzcan en el alma de los demás y for-
men su gusto. Estudiad constantemente los modelos
de la culta Roma y de nuestro buen siglo: torne á
cantar la musa varonil de Herrera y la sublime de
León.»
Dolíase de que hubiese venido muy á menos la
rica habla castellana, y exhortaba á su estudio, di-
ciendo:
«El habla de Castilla va perdiendo su antigua
majestad; revivid las expresiones hermosas de los
siglos que nos precedieron; ensanchad los límites de
nuestra lengua, destinada, según Carlos V, para ha-
blar con Dios. Adquiera la precisión y el laconismo
del idioma latino y la flexibilidad y ternura del ita-
i6 —
liano. Los poetas son los depositarios de la lengua.
No imitéis á aquellos que afectando conocer nuestro
idioma, usan las frases en rustiquez y los giros del
siglo XV, y se desentienden de los conocimientos
posteriores. Buscad lo mejor y usadlo sea cual fuere
su procedencia.»
¿No son éstas saludables advertencias; no son
éstos cánones del bien hablar? ¿No podríamos decir
hoy lo mismo y dar idénticos consejos á la juventud
que se aficiona de las letras? Buscad lo mejor y
usadlo sea cual fuere su procedencia.
Seguía Cavanilles pidiendo acentos á la musa
épica, y escribía:
«Pelayo, levantando el grito de venganza y sacu-
diendo las cadenas del moro: Guzmán, sacrificando
á la lealtad los sentimientos paternales, pasmando
al orbe y aterrando á los de Benasín: Colón, el Cid,
San Fernando, el hazañoso Vargas y otros cien hé-
roes, orgullo de nuestro suelo, fían á los ingenios
españoles la venganza de su valor y su gloria, casi
olvidados por los que les sucedieron. >
No cayó en olvido, señores Académicos, esta
excitación. ¡Quién sabe si aquellas palabras desper-
taron en la mente del que á la sazón era un niño, el
propósito de escribir la epopeya de la que sólo nos
legó algunos fragmentos.
Señalaba el presidente de la Academia del Mirto
nue\ os senderos á la poesía, diciendo: «Ya no se
precian las composiciones aéreas; aquellas compo-
siciones en que lucía el ingenio á costa de la razón,
y que en vez de deleitarle fatigaban al entendimien-
— li-
to. Ya es necesario que un sentimiento, que un fin
moral dirija la voz del poeta. »
Acaso pudiéramos decir lo propio hoy que pa-
rece como que volvemos á las insulceses de Mon-
toro y á los juegos de vocablos que dieron al traste
con la severa majestad de la poesía española.
Y continuaba: «Aspirad, amigos míos, á la glo-
ria. El siglo XIX haga olvidar al XVI. No abando-
néis la ciencia encantadora que suaviza las costum-
bres del hombre; no abandonéis un estudio que, se-
gún dijo el padre de la elocuencia, forma nuestro
corazón en la juventud, acalora la vejez, nos adorna
en la prosperidad, nos acompaña y consuela en el
infortunio, peregrina con nosotros y con nosotros se
hace campestre. Destruid el imperio del mal gusto
y de las coplas, y compadeced á aquellos que no
encuentran diferencia entre las inspiraciones del cielo
y las necedades rimadas de los miserables copleros.
Huid de afectar ciencia: éste es un escollo en que
tropieza la juventud. Pero sobre todo, compañeros
míos, no abriguéis en vuestro corazón la ponzoñosa
envidia. Jamás la conocieron los hombres grandes;
jamás tenga cabida en vuestro seno.»
Y concluía: «Remedad los ecos de la lira de An-
friso, de Anfriso, el cantor de la Divinidad, que ten-
dió una mano protectora á esta Academia, que, niña
y sin amparo, ó hubiese muerto en su infancia ó no
hubiera llegado al esplendor actual. Y si algún día,
el más feliz para mí, merecéis ser colocados en el
Parnaso Ibero, ¡con cuánto gozo exclamaré enton-
ces: Yo descubrí la llama del genio en sus mentes
— i 8 —
creadoras, y yo les invité en el tercer aniversario
de la Academia del Mirto á continuar sus útiles ta-
reas. Entonces, amigos míos, dadme el consuelo de
vuestros versos, y permitid que me gloríe con vues-
tra amistad y endulzad de este modo mi estéril y
enojosa vida.»
No cabe duda: los Académicos del Mirto se apli-
caban exclusivamente al estudio de la poesía y á
ensayar sus fuerzas en el cultivo de tan difícil arte.
Para ello, para aquel más provechoso estudio, los
clásicos latinos servían de modelos preferentes, y,
entre éstos, el gran Horacio, cuya influencia en las
letras castellanas ha aquilatado por modo porten-
toso el eminente crítico D. Marcelino Menéndez Pe-
layo en su magistral obra Horacio en España . Que
éste fué modelo muy imitado lo demuestra el hecho
de que muchas de las composiciones poéticas leídas
en las juntas de aquella Academia son traducciones
ó imitaciones del gran lírico latino. Citaré sólo en
comprobación de mi aserto los trabajos poéticos de
Gabriel Ferrer (Á la vida del campo), Ventura de la
Vega (traducción de la Oda II Jam satis), Usoz (imi-
tación) y Espronceda (]/ida del campo) (imitación).
¿Quiénes pertenecieron á la Academia del Mirto?
Puede afirmarse que todos los discípulos de Lista
en el colegio de San Mateo, ó el mayor número,
se acogieron á aquella Academia para reunidos go-
zar de la benéfica influencia, del amparo y de la pro-
tección del maestro queridísimo.
Es indudable que perteneció á ella D. José de
Espronceda, que contaba al tiempo de su establecí-
— 19 —
miento la edad de trece años. Cuatro composiciones
poéticas de este privilegiado ingenio se contienen
en el manuscrito de que os hablé, y se titulan: Ro-
mance á la mañana, Vida del campo, La noche (so-
neto) y La tormenta de la noche, todas inéditas, de-
fectuosas como versos de niño, pero revelando que
el ingenio que las produjo había de remontarse á
las cumbres del Parnaso.
Permitidme que copie aquí la más breve, como
curiosidad literaria, y para que conozcáis cómo co-
menzó á pulsar la lira el que no muchos años des-
pués cantaba al Sol en oda magnífica, y refería haza-
ñas de Pelayo en octavas esculturales no superadas
por ningún poeta español.
L-A. ISTOCHE
SONETO
En lúgubre silencio sepultados
Yacen los mares, cielo, tierra y viento;
La luna va con tardo movimiento
Por medio de los astros enlutados.
Duerme el feliz pastor con sus ganados,
Paran las aves su canoro acento,
Y de la noche el manto soñoliento
Al hombre da descanso en sus cuidados.
¡Salve, oh luna! Salud, nocturno velo,
Tan deseado del dichoso amante:
Así entoldases siempre el alto cielo;
Y de Febo jamás la luz radiante,
Iluminando el espacioso suelo,
Viese mi llanto triste é incesante.
Permitidme también que copie algunas estrofas
20
de su oda Vida del campo , imitación de Horacio.
Feliz el que apartado
De los cuidados, cual la antigua gente,
Labra el campo heredado
Y en su pecho ningún cuidado siente,
Ni la trompa guerrera
Ni el mar airado el corazón le altera.
Ó las vides enlaza
Con los álamos altos, bien gozando
De la volátil caza,
Ó los ramos inútiles podando,
Ó ya pulsa la avena
Y con su tierno són el prado llena.
Mira en el cerro herboso
De los toros errantes la manada,
Ó en cántaros, gozoso,
Pone la miel que fuera trabajada
Por solícita abeja,
Ó su blanco vellón quita á la oveja.
No siguió Espronceda las huellas de Horacio.
Dejó, al decir del Sr. Menéndez Pelayo (i), no ver-
sos horádanos, pero sí hermosos versos clásicos, en
el himno Al Sol, en la elegía A la Patria y en los
fragmentos del Pelayo; y más tarde, aun en medio
de sus audacias de pensamiento, respetó los fueros
de la lengua y del estilo poético, mereciendo que
Lista lo reconociese siempre como fiel discípulo
suyo.
Perteneció también á la Academia del Mirto
(i) Horacio en España.
Felipe Pardo, poeta de exuberante ingenio, cujas
obras en verso y prosa fueron impresas el año de
1869 en París; poeta no tan conocido en España
como merece serlo; amigo de Lista desde su más
tierna edad y uno de sus discípulos más amados.
El venerable maestro le escribía en 24 de Agosto
de 1838 una sentida poesía en la que se lee esta
estrofa:
Yo recuerdo ¡ay de mí! los bellos días
De tu primera juventud dichosa.
Cuando, por mí adestrado, le pedías
A Horacio y Newton su laurel y rosa,
suscribiéndola en los términos siguientes: «Álos 63
años de edad, tu Alberto Lista» (1).
Felipe Pardo nació en Lima en 1806 y vino á
España cuando contaba seis años. Hombre ya, re-
gresó á su patria, llevando para su inspiración las
lecciones de Lista, el gusto adquirido en las lides
poéticas de la Academia del Mirto y el rico caudal
de la hermosa lengua castellana, depurada de los
vicios con que la afean los que huyen del estudio y
de la imitación de los buenos modelos.
Entre los piezas poéticas á que vengo refirién-
dome como debidas á los jóvenes Académicos, obran
siete originales de Pardo, tituladas: Á la Señora
Doña Juana de la Pezuela en sus días. Soneto á la
muerte de la misma, A un amigo en sus bodas (so-
neto), Á una actriz representando el papel de Vir-
ginia en la comedia Pablo y Virginia (soneto), El
(1) Aparece impresa al frente de las obras de D. Felipe
Pardo. París, 1869.
22
canto de Delia (anacreóntica), Á Delia (anacreón-
tica), A D. Alberto Lista (soneto), de las cuales
copio á continuación la última, no por su mérito,
que es escaso, sino como muestra del cariño del
discípulo al maestro.
Dice así:
Á DON ALBERTO LISTA
SONETO
Salve, adorado Anfriso. Contemplando
Del Betis patrio la feliz ribera,
La reluciente matizada esfera
Miró tu mente en su mansión entrando.
Y allí viste los cielos; y cantando,
Diste al humano que el remedo oyera
Del gozo, que en sus polos se sintiera,
Cuando Jesús glorioso se iba alzando.
Salve mil veces tú, que á los mortales
Oyes tu nombre publicar ufanos
De la zona boreal á la austral zona,
Y que en el Cielo, en urna de cristales,
Ves te guardan los seres soberanos
Y lira, y plectro é inmortal corona.
Merece citarse entre los Académicos del Mirto,
no porque su nombre haya repercutido por los ám-
bitos de España como poeta, sino porque así se
aporta un dato más para su vida, no escrita hasta
hoy, y de la que yo no sé otras cosas que las que
refiere mi por muchos títulos respetable y querido
amigo el Sr. D. Marcelino Menéndez y Pelayo en
su obra monumental Historia de los heterodoxos es-
pañoles, D. Luis Usoz y Río. De éste escribe el ca-
— 23 —
tedrático de Historia crítica de la Literatura Espa-
ñola en la Universidad central lo que á seguida tras-
cribo: «El nombre de Usoz es inseparable de la li-
teratura protestante del siglo XVI, que él recogió,
ordenó, salvó del olvido é imprimió de nuevo, deján-
donos, á costa de enormes dispendios, la más vo-
luminosa colección de materiales para la historia del
protestantismo español. Su entendimiento, su acti-
vidad, su fortuna, su vida toda se emplearon y con-
sumieron en esta empresa, en la cual puso, no sólo
fe y estudio y entusiasmo, sino el más terco é in-
dómito fanatismo. Porque Usoz era fanático, de una
especie casi perdida en el siglo XIX é inverosímil
en España, de tal suerte que en su alma parecían
albergarse las mismas feroces pasiones que acom-
pañaron hasta la hoguera al bachiller Herreruelo,
á Julianillo Hernández y á D. Carlos de Sesé. »
Aficiones poéticas tuvo D. Luis Usoz en su ju-
ventud: lo demuestran los versos que publicó en el
periódico madrileño El Artista, calificados por el
Sr. Menéndez y Pelayo de harto medianos y una can-
ción Al vino y la titulada En noche de Diciembre
(Aventura amorosa), que principia:
Luz opaca, entre nubes, la luna
Comenzaba en los campos á dar,
Reflejando la escarcha que cubre
El ciprés do la tórtola está (i):
principio que basta y sobra para que no se tenga
por severa la calificación de aquel eminente crítico.
(i) El Artista, t. I, pág. 66.
— 24 —
También entre los papeles de la Academia del
Mirto figuran tres piezas poéticas del cuákero es-
pañol, intituladas Imitación de Horacio, El zumo
(oda) y Á Jesús Crucificado. De la segunda no de-
bo reproducir verso alguno: corre parejas esta com-
posición con muchas de las publicadas en el Cancio-
nero de burlas provocantes á risa (Valencia, 1519)
que Usoz reimprimió en casa de Pickering en 1841.
De la primera baste conocer esta estrofa, que se
acomoda mucho á la idiosincrasia de su autor:
Vén, morena, al jardín donde jugamos
Del málaga bebiendo...
Sí, morena del alma, sí, bebamos
Libres enloqueciendo.
Que acaba con el tiempo la hermosura
En la nada sumida,
Y muerte, y sólo muerte y tumba oscura,
Es el fin de la vida.
Así cantaba D. Luis Usoz á la edad de veinte
años; verdad es que esa misma edad tenía cuando
escribió el siguiente soneto:
Á JESÚS CRUCIFICADO
Pendiente de la Cruz, Jesús piadoso,
Entre dulces tristísimos gemidos,
Que resuenan del Padre en los oídos,
Mueres por tus verdugos generoso.
El sol escureciendo el rostro hermoso,
La fiera rugidora con bramidos,
Los vientos redoblando sus silbidos,
El orbe retemblando temeroso:
— 25 —
Todo anuncia tu muerte; mas el hombre,
Precito esclavo de pasiones fieras,
Desprecia los tormentos y las penas:
Y viéndote, blasfema de tu nombre,
Y date miel porque amargado mueras,
Y se goza y se ríe en sus cadenas.
«Era Usoz de madera de herejes y sectarios, no
de madera de indiferentes ni de impíos > (i).
Tuvo asimismo lugar señalado entre los Acadé-
micos del Mirto D. Juan Bautista Alonso, cuyas
obras poéticas coleccionadas vieron la luz pública en
Madrid el año de 1834 (2). Fué secretario de la Aca-
demia cuando la presidía Gabriel Ferrer (1824) y,
por las muchas composiciones poéticas que leyó en
las juntas, es de inferir que fué también uno de los
jóvenes que más contribuyeron á su esplendor. En-
tre otras, se han conservado las tituladas: Una haza-
ña del Cicerón español en la guerr a de la Indepen-
dencia, que alude á un hecho del célebre juriscon-
sulto Sr. D. Manuel M. Cambronero cuando era ma-
gistrado en V alladolid, Oda a Fabio, El perjurio y
la ingratitud (romance) y A la muerte de mi padre
(romance), ninguna de las cuales incluyó en aquella
colección. D. Juan Bautista Alonso abandonó el sen-
dero por donde caminó en su juventud y, dando al
olvido las tareas poéticas en que se había solaza-
do, se dedicó al foro, alcanzando señalados triunfos.
Se creía honrado (tales fueron sus palabras estam-
padas al frente del libro citado) con que se dijese
(1) Menéndez y Pelayo. Helero do icos Españoles.
(2) Eoesías de D. Juan Bautista Alonso.
26
de él que sus ensayos poéticos, ya que no le pre-
venían un lugar entre los alumnos de las musas, de-
bían allanarle la senda para el ejercicio del difícil
arte de la palabra.
No me atrevo, señores Académicos, á afirmar que
también perteneció á la Academia del Mirto el cé-
lebre poeta D. Francisco Iturrondo, conocido, más
que por su nombre, por el pseudónimo de Delio,
bajo del cual, y con el título de Ocios Poéticos, publi-
có una colección de sus poesías en Matanzas (1834),
libro rarísimo, que dedicó al Conde de Santovenia;
y no me atrevo, aunque encuentro entre los papeles
de aquella Academia, suscritos por Delio, una letri-
lla, El cumpleaños de Dorila, dos romances, Delio
ausente de Rosana, y un soneto, En los días de Fer-
sea, porque en las biografías que de D. Francisco
Iturrondo he leído se dice que, habiendo nacido en
Cádiz, salió para la Habana á la edad de seis años,
sin que se haga por ninguno de sus biógrafos men-
ción de que en su juventud, ni en el resto de su vida,
volviese á España. Por otra parte, ninguna de aque-
llas composiciones figura en la colección de sus poe-
sías, y, á mayor abundamiento, los nombres arcádi-
cos que en ellas emplea, Dorila, Rosana y Fersea,
no se encuentran ni por asomo citados en las com-
posiciones copiladas en Matanzas, y en su lugar lee-
mos en éstas el de Anarda y otros. Es más: Itu-
rrondo, que canta la muerte de Cienfuegos, no tiene
en su lira un solo acento para Anfriso, para el maes-
tro Lista; y á haber sido Delio su discípulo, le hu-
biese expresado su gratitud y su admiración. Tam-
— 27 —
poco se infiere de aquellas poesías que hubiese vi-
vido en España después de su ida á América. Aparte
la lengua, que es la castellana, en lo demás D. Fran-
cisco Iturrondo es de todo en todo un poeta ame-
ricano. Es cierto que canta Las ruinas del palacio
árabe de la Alhambra, pero fácilmente se compren-
de que el poeta sólo vió con los ojos de la fantasía
los lugares que describe, agigantados por extraor-
dinarias relaciones.
No debo omitir otro nombre distinguido entre
los de los Académicos del Mirto: el de D. Luis Ma-
ría Pastor. Las aficiones de Pastor en sus primeros
años no se avinieron bien con las tareas á que se
aplicó en su edad madura. En la carrera política
llegó á lo más que podía aspirar, á ser Ministro de
Hacienda, y los libros que dió á la estampa no tie-
nen, á la verdad, nada de poéticos. En 1856 publicó
su obra La ciencia de la Contribución ( 1 ), y antes,
en 1848 y 1850, dió á la estampa, respectivamente,
las que tituló La Bolsa y el Crédito (2) y Filosofía
del Crédito, deducida de la historia de las naciones
más importantes de Europa f). Pastor hubiese acaso
lucido más como poeta que como político, á cultivar
las felices dotes que revelan las dos únicas compo-
siciones que he tenido á la vista, y que su autor leyó
en las juntas celebradas por la Academia del Mirto
en 23 de Octubre y i.° de Mayo de 1823, nomi-
nada la una De Sodarco á Lopecio (romance) y la
(x) Madrid, 1856.
(2) Id., 1848.
(3) Id., 1850.
— 28 —
otra A Silvio (epístola). Y para confirmar mi juicio
me bastará leer algunas estrofas de la segunda. Di-
rígese el poeta á su amigo Silvio, y después de la-
mentarse (escribía el año de 1823) de que tras dulce
paz, y cuando toda la Europa replegaba su bélico
pendón, sólo España enarbolase el sangriento estan-
darte, exclamaba:
¿Y posible será que aquellos mismos
Que unión gritaran y amistad eterna,
De bárbaro placer embriagados
Rían al ver sus hórridos aceros
De agricultora sangre sonrosados?
Mira esa Cataluña, aquesa patria,
Que á gloria tengo apellidarla mía;
Véla de tanto mal triste testigo:
Mira esas chozas rústicas taladas.
Mira esos campos: llorarás conmigo.
Ya el anciano Pirene no remeda
El mónotono són de las azadas,
Ni de la abeja la cansada zumba:
Sólo el ronco cañón tronando suena
Y en su profunda cavidad retumba.
¡Todo antes respiraba paz y vida,
Y dulce libertad; y hora tan sólo
Esclavitud, miseria, horror y muerte!
¡Lástima grande que Pastor arrumbase su lira, tem-
plada tal vez para acompañar los acentos de la mu-
sa épica!
Preferente lugar alcanzó entre los Académicos
del Mirto el laborioso D. Santos López Pelegrín,
más conocido como poeta por el pseudónimo Abe-
— 29 —
ñamar, con el que firmó la colección de sus poesías
impresas en Madrid en 1842, que por su verdadero
nombre. Á la inversa de D. Luis María Pastor, des-
pués de haber cursado la carrera de Derecho y de
haberla ejercido en Filipinas, de donde regresó á Es-
paña de limosna (1), al decir de uno de sus biógra-
fos, y de haber desempeñado los cargos de teniente
correo-idor de Madrid y ministro de la Audiencia de
Cáceres, se dedicó al cultivo de las letras, echándose
en brazos del periodismo, colaborando en El Espa-
ñol, El Mundo, La Verdad, El Porvenir, El Nos-
otros, El Abenamar, El Estudiante y El Correo
Nacional. Algunas de sus composiciones poéticas
se registran entre los papeles de aquella Academia.
Citaré, por no estar incluidas en la colección que
como he dicho publicó bajo el pseudónimo de Abe-
namar, las tituladas Sostan (santos) en la ausencia
de Amira (María), idilio; De una mirada (anacreón-
tica), y La Tempestad, leídas respectivamente en
las juntas de 6 de Mayo, 7 de Agosto y 2 1 de Ju-
nio de 1823, cuando su autor contaba veintidós
años. El tono de esas poesías corre parejas con el
de las que publicó coleccionadas, hijas todas de
aquel romanticismo que llevó á Espronceda á cantar
al Mendigo y al Pirata. Una breve cita suplirá por
todo lo que no diga. Describe el poeta con vivos
colores, uno por uno, todos los estragos de la tem-
pestad, y concluye diciendo:
(1) D. Eugenio Ochoa. Apuntes para una Biblioteca de
Éscritores Españoles Contemporáneos en prosa y verso. París.
Tomo II.
— 30 —
Do antes placer morara, solamente
Lástimas y dolor se ven ahora:
El Cielo se serena y desconsuelo
Doquier sembrado por el orbe deja.
Iba á poner punto final á la enumeración de los
Académicos del Mirto, citando de pasada algunos
nombres, temeroso de fatigar vuestra cortés aten-
ción; pero permitidme que abuse de la benevolencia
de que sois pródigos por demás, en gracia á que
sería injusticia notoria no dedicar siquiera algunas
líneas á uno de los más gloriosos miembros de aque-
lla Academia.
¿Quién de vosotros, señores Académicos, no ha
aplaudido con entusiasmo al autor de la hermosa
tragedia La miierte de César y de ciento y una
obras dramáticas originales ó arregladas á la escena
española con tal arte que el arreglo superó con cre-
ces al original? ¿Quién de vosotros no ha leído con
deleite la versión en metro castellano del libro pri-
mero de La Eneida, versión debida á la correctísi-
ma pluma del que fué Excmo. Sr. D. Ventura de la
Vega? La escena española está llena de su gloria; y
aun hoy, que huye avergonzada de las tablas que
alzaron Lope de Rueda y Naharro la poderosa Musa
de Calderón y Lope, escúchanse aplausos rendidos
al autor de la comedia incomparable El hombre de
mundo.
Poeta de verdad, literato consumado, maestro
de bien decir sin afectación arcáica, Ventura de la
Vega ocupa puesto preeminente en el Parnaso Es-
pañol. Como su maestro Lista, educó su gusto y
— 3i —
cultivó sus talentos con la lectura asidua de los clá-
sicos latinos.
Varias composiciones poéticas de Ventura de la
Vega he hallado entre las que poseo procedentes de
la Academia del Mirto: la traducción de la oda se-
gunda de Horacio, Jam satis terris nivis atque di-
rcs, etc., leída en junta celebrada el día 14 de Agos-
to de 1823; la A Anfriso en el día de su santo,
que lleva la fecha de 7 de Agosto de 1824; la tra-
ducción de la Oda II á Augusto (sin fecha), que
comienza:
Bastantes nieves y crüel granizo
Envió Jove Potente;
Harto á la tierra estremecerse hizo,
Y lanzando del Cielo rayo ardiente
Con poderosa mano.
Asoló templos y aterró al romano;
La Belleza (anacreóntica, 14 de Diciembre de 1823);
A Haliria (idilio, imitación de Horacio, 15 de No-
viembre de 1823); Á Anfriso en la muerte de su
madre (idilio, sin fecha), y Canción entre el Esposo
y la Esposa (imitación de San Juan de la Cruz, 25
de Abril de 1824). Todas estas composiciones, es-
critas por Ventura de la Vega en la flor de su juven-
tud y para ser leídas en una academia de jóvenes,
mejor diría de niños, y niño era el lector, nos pre-
sentan el bosquejo, por así decirlo, de un gran poe-
ta, del autor de El hombre de mundo y de La muer-
te de César.
Finalmente, Señores; pertenecieron á la Acade-
mia del Mirto Gabriel Ferrer y Dávila, de quien
— 32 —
se conservan varías piezas poéticas, de las cuales
tres, las tituladas Eraduccicm de unos dísticos lati-
nos, La vida del campo (soneto) y Una noche en ple-
nilunio, fueron leídas en las juntas de 6 de Junio y
31 de Julio de 1823; D. Cesáreo Blaudín, que en
junta de 9 de Mayo de dicho año leyó una epístola
con el epígrafe de Los remordimientos religiosos;
D. Jaime Dot, del que nos han quedado tres ana-
creónticas y una égloga; D. Lino Orellana, de quien
no conozco sino la composición leída en junta de 5
de Junio de 1823, y que respira dulcísimo senti-
miento religioso, y otros cuyos nombres no han lo-
grado la celebridad de los que he citado.
De propósito dejé de mencionar hasta ahora las
poesías del que fué presidente de la Academia el
año de 1826, D. Antonio Cavanilles, para llamar
sobre ellas muy particularmente vuestra atención.
Más que como poeta, es conocido Cavanilles como
historiador; y si merece ser ensalzado en el un con-
cepto, no lo merece menos en el otro. Cavanilles
fué un poeta de cuerpo entero, como lo acreditan
sus trece composiciones que conservo entre los pa-
peles de aquella Academia. Sólo trascribiré una, imi-
tación de El Cantar de los Cantares, que dice así:
ESPOSA
SONETO
El olor de tu boca deliciosa
Como el olor es grato del manzano:
Vén, en mi seno morarás, hermano,
Cual mora en él la nacarada rosa.
— 33 “
Himnos de amor exhalaré gozosa^
Al divisarte por el verde llano,
Y mil guirnaldas tejerá mi mano,
Y tu sien de ellas ornaré amorosa.
Corre, mi bien, do oyeres el balido
Del corderillo que á su madre llama,
Que allí tu enamorada, allí te espera.
Vén, que á tu vista reirá el ejido,
Y el ave amores cantará en la rama,
Y brotará mil flores la pradera.
Dos sentimientos vivísimos alentaban á la bri-
llante juventud congregada en la Academia del Mir-
to: el de su amor al maestro Lista; el de su amor,
también, y desmedido, á la libertad.
Gabriel Ferrer, como presidente, y Juan Bautista
Alonso, como secretario, dirigieron en nombre de la
Academia, en 1824, al autor de la oda A la Muerte
de Jesús una poesía felicitándole en la fiesta de su
santo, con la siguiente expresiva dedicatoria:
«Anfriso: La amistad agradecida de unos jóve-
nes que se honran con tu dirección, presenta hoy
sus más puros sentimientos en tu obsequio, del modo
que juzga más digno de tu indulgencia: si tus admi-
radores hallan en él un débil remedo de ese arte
encantador que te halaga con eterno renombre, tuya
es la gloria.»
Muchas de las composiciones leídas en las juntas
de la Academia á Lista están dedicadas, mereciendo
particular mención una de Espronceda y otra de Ca-
vanilles. Lista (puedo decirlo sin titubear) lo llenaba
todo en el ánimo de aquellos sus amantes y amados
discípulos.
— 34 —
Amaban la libertad los jóvenes Académicos.
Uno, Juan Bautista Alonso, escribía el siguiente
SONETO
Cuando el hombre nació, la Tiranía
Desde su abismo se avanzó á la tierra,
Y airada le juró sangrienta guerra
Con voz de trueno y con la faz sombría.
Con hierro al carro del dolor le uncía
Y el hombre se quejó. «Tus ojos cierra
— Gritó el monstruo feroz. — Todo lo encierra
Mi sola voluntad: tu vida es mía.»
Osó el esclavo encomendarse al Cielo,
Y el monstruo retronó: «Víctima triste,
Nunca hallarás á tu dolor consuelo.
Ni todo un Dios á mi poder resiste.
Después de atormentarte acá en el suelo,
Iré á la Eternidad á perseguirte.»
Otro, con el pseudónimo de Amoroso , escribía una
oda, dedicándola á la Academia, que terminaba con
esta estrofa:
Cantad, vates, cantad. El error fiero
Los altares de Apolo
Feroce destruyó; el cantor del Betis
Tornó á la patria el esplendor primero
Y mitigó su llanto.
Hijos de Anfriso, remedad su canto.
dantos López Peíegrín canta Á la Libertad en una
oda que comienza:
La esclavitud detesto,
Ya dulce libertad mi pecho inflama;
— 35 —
y termina:
Libre, libre vivir también yo quiero.
Cavanilles, en otra oda, á nombre del Arte, pro-
testa de la tiranía y de la persecución. Escuchad no
más que los siguientes versos:
En vano, Alcino, la maldad intenta
Turbar el reino de Helicón. Las musas
Huyen veloces al repuesto bosque
Y en su retiro y soledad se gozan.
Y en vano, en vano la maldad intenta
Al genio sojuzgar. Puede sañuda
Lejos lanzarle de la patria amada;
Puede aherrojarlo, y en prisión horrible
Puede al vate oprimir; empero nunca
La noble mente del cantor excelso
Le es dado domeñar; que libre vuela
De un mar al otro, desde el alto Cielo
Á la tierra mezquina, y ríe ufana
De quien la osó oprimir...
El mismo Cavanilles decía, dirigiéndose á un pros-
cripto:
De tu voz dulce el delicioso encanto
Rasgó del fiero error el negro velo;
Tú defendiste con heroico celo
De la ultrajada patria el fuero santo.
Y hoy por postrera vez, bañado en llanto,
Ves de la Iberia el irritado cielo,
Y hoy por postrera vez besas el suelo
De la ingrata nación que honraste tanto.
No abusaré por más tiempo de vuestra pacien-
cia, señores Académicos. La Academia del Mirto,
como dijo su presidente D. Antonio Cavanilles, am-
— 36 —
paró las Musas cuando huían de la desolación y de
la guerra. Ampare la Sevillana de Buenas Letras á
los ingenios que alentaron y alientan en la patria
de Herrera y de Rioja; salve del olvido las muchas
obras que inéditas yacen en los archivos, y vele por
el lustre de la lengua castellana. Así honraréis la
memoria del gran hombre que un día presidió á la
Academia del Mirto y á la Real Sevillana de Bue-
nas Letras.
HE DICHO.
DISCURSO
DEL SEÑOR
D. FRANCISCO RODRÍGUEZ MARÍN
ACADÉMICO NUMERARIO
EN CONTESTACIÓN AL DEL EXCMO. SEÑOR
D. MANUEL PÉREZ DE GUZMÁN Y BOZA
Marqués de Jerez de los Caballeros
6
Señores Académicos:
O, ciertamente, por merced de vuestra
benevolencia, sino por justo acuerdo
de vuestra rectitud, viene hoy á ocu-
par una plaza de individuo numerario
de la Real Academia Sevillana de
Buenas Letras el Excmo. Sr. D. Manuel Pérez de
Guzmán y Boza, Marqués de Jerez de los Caballeros.
Su modestia no le permite creerlo así; en buen hora:
esa cualidad, más valiosa cuanto menos común, real-
za las otras recomendabilísimas que todos los aman-
tes de la cultura echan de ver en el recipiendario.
Méritos propios muy acrisolados y muy dignos de
loa, y no ajenas bondades, le han abierto de par en
par las puertas de este recinto; abiertas tenía mucho
antes las de nuestra estimación; que si no la debía-
mos á quien tanto hizo y está haciendo por las le-
— 40 —
tras españolas, especialmente por las sevillanas, no
sé á quién pudiera deberse.
Pregunta el Sr. Marqués de Jerez de los Caba-
lleros en el muy galano y erudito discurso que con
deleite acabamos de escuchar: «¿Qué he aportado vo
al acer\ o común de tantos merecimientos como re-
presenta esta Corporación ilustre;» En nombre de
ella he de darle respuesta cumplida, aunque al veri-
ficarlo me limite á repetir lo que es sabidísimo de
la Academia, del docto concurso que honra este acto
solemne y de cuantas personas estudian, siquiera
con mediana atención, la historia de nuestros ade-
lantamientos literarios. Mas antes de formular tal
respuesta, seame permitido deplorar que al confiar-
me encargo tan honroso hayáis echado sobre mí
peso muy superior á mis facultades. Por deber de
obediencia acepté esta misión, que á maravilla hu-
biera desempeñado cualquiera de vosotros; por de-
ber de obediencia, y ¿por qué no decirlo? también
por gusto del afecto: por estímulos de la cariñosa
amistad que al nuevo Académico me liga. Empero
porque, como dice el refrán, no hay mal que cien
años dure, mi discurso, que no será bueno, pues para
serlo obsta gravemente el ser mío, tampoco será
largo. Esto último lo recomiende á vuestra generosa
indulgencia.
La historia literaria de España, como la social,
señores Académicos, está á medio conocer y, por
lo tanto, á medio escribir. Lo he dicho en otro
ugar: a muchos podrá parecer mentira, pero no por
— 4i —
eso es menos cierto que á estas horas, cuando va
tocando á su fin el siglo llamado de las luces, to-
davía se nos esconde una gran parte de la abun-
dantísima labor hecha en España durante los me-
jores siglos de nuestra literatura. Están á la vista
de todos los grandes hitos que indican por dónde
cruzaban las vías, pero apenas se conocen muchos
recodos, prominencias y depresiones del gran ca-
mino que á las letras patrias abrió la serie gloriosa
de sucesos prósperos á cuyo benéfico influjo se de-
bió el Renacimiento. Y ello es que, así como la his-
toria social de España no podrá escribirse con en-
tero acierto y con la necesaria copia de datos mien-
tras no se estudien las historias locales, sumandos,
digámoslo así, de la general, del mismo modo la his-
toria literaria de aquellas grandes centurias, en espe-
cial la de nuestro siglo de oro, la de aquel
«siglo de gigantes.
Que abrió Colón y que cerró Cervantes,»
como inspiradamente dijo nuestro malogrado com-
pañero de Academia D. Francisco Escudero y Pe-
rosso, no podrá estudiarse como es de apetecer
hasta que prolijas y fatigosas investigaciones saquen
del polvo de los archivos y bibliotecas á la clara luz
del día las obras de los escritores de aquella época
y hasta que se averigüe minuciosamente la vida de
aquellos ingenios, ya que tal indagación es cosa im-
prescindible para el provechoso análisis de sus pro-
ducciones.
Y no vale decir que lo bueno, que lo sobresa-
liente de aquellos tiempos está conocido y que huel-
— 42 —
ga inquirir lo mediano y más aún lo detestable; pues,
sobre que de lo mejor queda mucho por investi-
gar, ¿cómo hacer caso omiso de lo mediocre ni de
lo malo, si la historia es ciencia complejísima, en
la cual no hay factor que carezca de importancia?
¿Quién dice sin disparatar que cuando comenzó á
desmoronarse nuestra literatura, asombro del mun-
do, hasta quedar completamente arruinada mucho
antes de comenzar el siglo XVIII, no influyeron los
malos escritores sobre los buenos, como influye el
enfermo contagiado de peste en la salud del hombre
sano y vigoroso? ¿Es Góngora, por ventura, el in-
ventor del culteranismo? ¿No lo bebió, más que en las
obras de D. Luís Carrillo Sotomayor, en las de otros
poetas poco ó nada conocidos todavía? ¿Cómo, pues,
ha de ser res inane, al par que labor improba, el es-
tudio de esos escritores? ¿Qué se diría del naturalista
que, ocupado en el examen de las grandes especies
de la escala animal, reputase por cosa baladí las fe-
cundísimas disquisiciones biológicas que no pueden
realizarse sin el auxilio del microscopio? Y es que en
la historia social, política y literaria, como en la na-
tural, no hay hechos insignificantes; no hay sumando
que no aporte á la suma un valor apreciable, máxi-
me cuando en sociología todos los elementos se
compenetran, influyendo mediata ó inmediatamente
los unos sobre los otros.
Por desdicha, son pocos los que están persua-
didos de estas palmarias verdades y pocos los que
se dan cuenta de que quien conoce la literatura de
un pueblo conoce al pueblo mismo, porque la lite-
— 43 —
ratura es fidelísimo espejo en que se retratan, sin
perder asomo de color ni grado de intensidad, sus
costumbres, sus tendencias, sus aptitudes, y, en una
palabra, todo su sér. Hay mucho vulgo, y es lo
peor que una gran parte de él — también lo he dicho
antes de ahora— se compone de sujetos que, aunque
se estiman y son estimados por doctos,, conceden
muy poca importancia, ó no conceden ninguna, al
cultivo de las letras. Imaginan estos tales que el es-
tudio de la literatura es fútil tarea de desocupados;
que los que á él consagran su vida la malgastan en
cosas de poco momento, y hasta tienen por perso-
nas de menguado juicio á las que á esos trabajos
dedican sus vigilias, ó siquiera los ocios que los que
así piensan suelen invertir en distracciones menos
honestas. ¡Ciegos y más que ciegos.
Empresa patriótica y piadosa á la par, señores
Académicos, tanto más digna de gratitud cuanto
menos interesada (y bien sabéis que en España las
letras, ahora como en tiempo de Cervantes, no son
campo donde se cosechen materiales medros) es a
de exhumar las obras de nuestros antiguos escrito-
res: la de otorgarles, por justos aunque tardíos ac-
tos de reparación, el renombre que ganaron, la e
engrandecer y vivificar las glorias de nuestro país,
Que ha sido ono de los primeros en punto a litera-
tura. Dedan nuestros abuelos que no podía mor.r
con la conciencia tranquila quien nunca hubiese p
tado siquiera un árbol. Mutatis mutandts, eso mu
mo se puede afirmar de quien, temendo aptitud para
ello, no redime de las tinieblas del olvido, o de las
— 44 —
nieblas, también lóbregas, de la indiferencia, á un
buen escritor de antaño, á alguno de los hijos ilus-
tres de su patria, ya que ésta, á las veces, muchas
\ eces, iue con ellos madrastra cruel más bien que
madre amante y generosa. El esfuerzo que á reali-
zarlo se dedica paréceme como sufragio hecho por
sus almas y como trabajo de obreros que acarrean
materiales para la reconstrucción del magnífico pa-
lacio de la antigua supremacía española.
Inspirándose en estos pensamientos, ¡cuán fruc-
tuosamente se desvelan nuestros doctos! ¡Con qué
udable diligencia enriquecen la antigua bibliografía
nacional, no ya los hombres estudiosos de España,
sino también meritísimos escritores de otros países!
Consuela y fortalece el contristado y abatido espí-
ritu, enmedio de las desventuras que nos agobian,
el recordar la abundante y esmerada labor realizada
de pocos años á esta parte. He de recordárosla,
siquiera incompletamente y con el mismo desorden
con que á la memoria vaya acudiendo, al escribir
tai de, y, por lo tanto, aprisa, este deshilvanado dis-
curso.
Afronta Wulff los calores del enero de Andalu-
cía, viniendo desde la frígidísima Suecia á examinar
las obras del sevillano Juan de la Cueva, que, autó-
grafas é inéditas en gran parte, paran en la Biblio-
teca Capitular y Colombina, y al regresar á su país
da á la estampa el Viaje de Sannio, con un muy eru-
dito estudio biobibliográfico acerca del autor del
Ejemplar poético; Fastenrath, nuestro buen amigo,
enamorado de España, adorador de Sevilla, gloríase
— 45 —
con nuestras glorias literarias, las celebra entre los
alemanes y hace respetar y admirar allí el nombre
español, viviendo con nuestro espíritu; Knapp, en el
mismo imperio, estudia al insigne autor de El Laza-
rillo de Tormes, colecciona cariñosamente sus com-
posiciones poéticas y nos las ofrece en excelente edi-
ción crítica; en Francia, Morel-Fatio, investigador
tan sabio como diligente, analiza con asombrosa
perspicacia los manuscritos españoles que enrique-
cen las bibliotecas de París, los cataloga con gran
esmero y muestra en habilísimos trabajos cuánta es-
tima merecen; Mérimée ilustra á Quevedo, á nues-
tro inapreciable Juvenal del siglo XVII; Foulché-
Delbosc hace de su Revista Hispánica un altar en
que se tributa culto á las letras castellanas y regala
á nuestra paremiología un millar de curiosos refra-
nes judío-españoles, recogidos en su mayor parte de
la tradición oral en Turquía; León Rouanet hace oir
en las orillas del Sena los ecos ya alegres, ya melan-
cólicos, siempre agradabilísimos, de la musa popular
española; en Austria, una pluma de oro, la de Arturo
Farinelli, escribe incansablemente acerca de nuestra
literatura y de nuestros literatos de los buenos si-
glos; Benedetto Croce, en Italia, recuerda por medio
de larga serie de eruditos opúsculos, prueba de su
vasto saber, la grata influencia que ejercieron las
musas de España, conducidas por Marte, en aquellos
paraísos de Nápoles y Sicilia; y cerca de aquí, al
lado, en Portugal, en esa simpática nación que fué
una con la nuestra, que comparte ahora nuestros
pesares como compartió en felices tiempos las épicas
7
— 46 —
empresas de descubrir y conquistar nuevos mundos,
Carolina Michaelis, en cuyo delicado ' organismo de
mujer palpita un corazón atlético de artista, estudia
á Sáa de Miranda, gran poeta español al par que
lusitano, y colecciona admirablemente sus obras;
Theophilo Braga, que no há menester elogios, por-
que su ilustre nombre es por sí solo una alabanza
calurosa, investiga el gigante espíritu de nuestra raza
en interesantes libros demopsicológicos; y, probando
que, en literatura, tratar de Portugal es tratar de
España, el doctor García Peres da cima á un riquísi-
mo Catálogo biobibliográfico de los autores portugue-
ses que escribieron en castellano, obra ciertamente
de maestro y tan importante para nosotros, que se
ha impreso á expensas de nuestra nación, previo muy
honroso informe de la Real Academia Española.
Entretanto, y no hay para qué decir cuán in-
completas son estas enumeraciones, hechas al correr
de la pluma y sin hojear libro alguno, entretanto,
en España, señores Académicos, las Sociedades de
Bibliófilos Españoles y Andaluces no se dan punto
de reposo, publicando obras antiguas, dignas de
universal estimación; Cañete y Barbieri, hoy ya per-
didos para el adelantamiento de nuestra cultura, pu-
blican el Teatro completo de Juan del Encina, y
Barbieri, gran literato al par que gran músico, halla
un importante Cancionero musical de los siglos XV
y XVI y lo hace imprimir, avalorado con muy cu-
riosas noticias; D. Miguel Mir, sabio académico y
hablista insigne, da á la estampa el Romancero es-
piritual del maestro Valdivieso y escribe magistral-
— 47 —
mente, con abundante copia de datos, la biografía
de Bartolomé Leonardo de Argensoia; el Conde de
la Viñaza, que en punto á erudición parece haber
vivido un lustro cada año, colecciona las Obras suel-
tas de aquel gran poeta y de su hermano Lupercio
y escribe, entre otros libros no menos excelentes, su
famosa Biblioteca histórica de la Filología Castella-
na; el docto é infatigable Uhagón nos regala cada
mes con una nueva joya bibliográfica; Perez de Gaz-
mán prepara á costa de afanes, que, por desgracia,
han perturbado su razón, el lindísimo Cancionero de
la Rosa, recopila, en desde luego rarísimo libro, las
composiciones poéticas de príncipes y señores y co-
menta los Diálogos de la Montería, poniendo en
claro quiénes sean sus interlocutores; la Duquesa de
Berwick y de Alba exhuma los importantísimos do-
cumentos del archivo de su egregia casa, en el cual
dormían sueño de siglos, y los da á conocer en esme-
radas y lujosas ediciones; Pérez Pastor redacta la
bibliografía de Toledo, y la de Medina del Campo,
y la madrileña del siglo XVI, y Paz y Melia, Alta-
mira, Cotarelo y cien otros beneméritos escritores
contribuyen con entusiasmo á la plausible tarea de
reconstruir el período más glorioso de nuestra cul-
tura literaria.
Sevilla, en tan simpática empresa, no desmerece
de su antiguo renombre de Atenas española: díganlo
los generosos esfuerzos de sus hijos; dígalo Blanca
de los Ríos, poetisa y escritora ilustre, á quien
pronto deberemos la satisfacción de conocer á Tirso
de Molina como si de por vida le hubiésemos tra-
— 48 —
tado coa amistosa intimidad; dígalo nuestro insigne
Director honorario D. José M. a Asensio y Toledo,
á cuyos laudables sacrificios debe España la bús-
queda, hallazgo y publicación de tesoro tal como el
Libro de los retratos del hispalense Pacheco, y de
cuyas penosas vigilias son muy sazonados frutos
numerosos escritos que convierten en diafanidad cla-
rísima muchas hasta hace poco espesas sombras;
decidlo, en fin, vosotros, señores Académicos; que
yo no he de sonrojaros con el encarecimiento de
cuánto hacéis por la cultura general, ni en mis labios
sentaría bien esa alabanza, que á vuestra modestia
podría parecer hija del agradecimiento que os debo
por el inapreciable favor que me otorgasteis al seña-
larme entre vosotros un lugar que no he merecido.
Y entre tantas estrellas como exornan y abri-
llantan el ancho cielo de nuestra literatura erudita,
cuáles de primera magnitud, cuáles de menos intensa
claridad, todas de luz benéfica y grata, ¿qué astro
ha de fulgurar más esplendorosamente, llenando el
espacio de su viva lumbre? ¡Ah, señores Académi-
cos, que no me sería preciso pronunciar el nombre
de ese astro, pues á todos vosotros se ocurre á la
par que á mí: ¡poderoso prestigio de una suprema-
cía indiscutida é indiscutible! Pasmo de nuestro siglo
es D. Marcelino Menéndez y Pelayo; llenas de su
alto renombre están Europa y América; piloto es á
quien la Providencia, en sus sabios designios, ha
confiado la majestuosa nave del saber literario es-
pañol, encallada y á punto de zozobrar durante una
centuria, salida después maltrecha de entre los esco-
— 49 —
líos, y hoy serena y gallarda y magnífica, tanto como
en los pasados tiempos bonancibles. No osaré yo á
bosquejar un elogio de Menéndez y Pelayo: ni su
alabanza cabría en los límites de mi discurso, ni la
profundidad de mi admiración me permitiría concer-
tar las frases, ni há menester mi humilde encomio
aquel á quien los sabios de todos los países tanto y
con tanta razón celebran y enaltecen.
Ferviente admirador y cariñoso amigo de don
Marcelino Menéndez y Pelayo es el nuevo acadé-
mico D. Manuel Pérez de Guzmán y Boza, Marqués
de Jerez de los Caballeros. Como su hermano el
Duque de T’Serclaes, que por muchos y bien jus-
tificados méritos se sienta en estos escaños, renun-
ció, apenas salido de la primera juventud, al dolce
fctv niente á que, por desdicha y con excepciones
muy contadas, viven entregados los hijos de la anti-
gua nobleza española, y aficionóse á las letras. Es-
tudió sin descanso y su muy claro entendimiento y
su amor, siempre creciente, á los buenos libros lu-
ciéronle, de allí á poco, maestro consumado en bi-
bliografía. Á cimentar con solidez esta afición con-
tribuyó un humanista pobre y modesto, un erudito
entendidísimo, arrancado hace tres años á nuestro
afecto por la muerte: D. José Vázquez y Ru¡z. Co-
municábanse diariamente; gustaban juntos la nan-
quila satisfacción con que el espíritu se deleita en el
estudio de los grandes escritores; en larga serie de
sabrosos diálogos, pasaba y repasaba ante la vista
de los dos entusiastas bibliófilos toda la magnifica
labor de esa pléyade innumerable de insignes obreros
— 50 —
á quienes España debe las más bellas é inmarcesi-
bles glorias, y departían acerca de la dulce utilidad
que se obtiene del trato con los libros, que son los
mejores amigos que puede tener hombre: silenciosos
cuando no se les inquiere, elocuentes cuando se les
pregunta, sabios, como que jamás sin fruto se les
pide consejo, fieles, que nunca vendieron un se-
creto de quien los trata, regocijados con el alegre,
piadosos con el dolorido, y tan humildes, que nada
piden ni ambicionan y, por ocupar poco sitio, se
dejan estar de canto en los estantes. ¡Oh, qué pre-
ciadísimo dón del cielo es poder evocar, como por
conjuro mágico, las venerandas sombras de los
maestros del saber, y conversar con ellos siempre
que nos place, y sentir con sus corazones, y discurrir
con sus luminosos entendimientos, y aprender de su
madura y saludable experiencia!
A estas gratas delicias dedicóse enteramente
el nuevo Académico de la Sevillana de Buenas Le-
tras y, gastando dinero sin tasa, reunió multitud de
libros rarísimos, de esos que son encanto del lite-
rato y desesperación del bibliófilo que no ha logrado
poseerlos, ni, á las veces, hojearlos siquiera. Aque-
llas obras, allegadas en los primeros tiempos de su
afición, fueron la base de su biblioteca, abundan-
tísima hoy, llena de maravillas, y rica como pocas,
quizás como ninguna otra particular, en libros es-
pañoles de literatura. Dice el refrán que en casa
llena presto se guisa la cena: así, en la librería del
Marqués de Jerez de los Caballeros, pronto se halla
lo que se busca. Harto convencido quedé yo de
— Si-
esta verdad cuando, hace algunos meses, andaba
atareado en malacabar lo que bien había comen-
zado el Sr. Quirós de los Ríos: las anotaciones á las
Flores de poetas ilzistres coleccionadas por Espi-
nosa y Calderón. En una de aquellas notas, no pu-
diendo desatar una duda que tampoco había logra-
do desvanecer el docto humanista antequerano, es-
cribía yo: «¡Qué angustia! ¡Cuando el Sr. Marqués
de Jerez de los Caballeros, editor de esta obra, re-
side en la capital andaluza, ¡ancha es Castilla! En su
riquísima librería hay cuanto se busca, en tratándose
de poetas; pero cuando ese templo está cerrado, ni
la Biblioteca Capitular y Colombina ni la Provincial
y Universitaria, con ser tan ricas, suplen por él.
«No hay, no hay», contestan á mis peticiones los
solícitos bibliotecarios. En suma, que no puedo con-
firmar ni contradecir la sospecha de Quirós de ios
Ríos. »
Tal idea tengo de la biblioteca del ilustre literato
á quien hoy señaláis un lugar entre vosotros. Visi-
tadla y quedaréis como encantados, á vista de tantas
preciosidades. Allí, encuadernadas primorosamente,
todas las primeras ediciones del mejor de los libros
españoles: de El Ingemoso Hidalgo D . Quijote de la
Mancha; allí La Celestina, estampada por cien im-
presores; allí Romanceros peregrinos, de que ni Ga-
llardo ni Salvá tuvieron noticia; y pliegos góticos no
descritos por nadie; y opúsculos de dieciséis ó veinte
páginas que han costado veinte veces más oro que
pesan, y de los cuales, como se cuenta del fénix, só.o
existe un ejemplar; allí la Primera parte de la An-
— 52 —
gélica de Barahona de Soto, y los rarísimos libros
de Pedro de Padilla, y el Cancionero general, gó-
tico, de García de Resende, impreso en Lisboa en
1516, y el Villete de Amor de Juan de Timoneda y
sus Enfados de muy grandes auisos y prouechosas
sentencias, y la Cristopathia de Juan de Quirós, es-
tampada en 1552 por el toledano Juan Ferrer, y las
Obras de Diego de Fuentes, dadas á luz en Zara-
goza, en 1563, y la Inuectiva contra el heresiar cha
Luthero, de Fr. Cristóbal Mansilla, único ejemplar
conocido hasta ahora, y el Libro y primera parte
de los victoriosos hechos del ti alero so cauallero don
Alvaro de Bazan, impreso en Granada por René
Rabut en 1561, de que tampoco se conoce más de
un ejemplar... Y en cuanto á manuscritos, allí se
guardan joyas de gran valor, adquiridas sin reparar
en el costo. Al Marqués de Jerez de los Caballeros
debe España el rescate de muchos de esos monu-
mentos de la literatura nacional, pues para devol-
verlos á nuestro país ha tenido necesidad de dispu-
tarlos victoriosamente en los mercados extranjeros,
á costa de dispendios incalculables, á los comisiona-
dos de las principales bibliotecas de Europa; del
mismo opulentísimo Museo Británico.
Visitad ese sancta sanctorum de que os hablo,
y no sabréis qué admirar más: si las venerables re-
liquias bibliográficas que encierra, ó el cabal cono-
cimiento que de ellas tiene su afortunado poseedor;
preguntad allí por un libro que deséis ver, y el Mar-
qués de Jerez de los Caballeros, sin detenerse á re-
cordar, se dirigirá incontinenti á la tabla en que tal
— 53 —
libro se encuentra, y os le presentará, y, en tendida
v amena conversación, os hará notar las excelencias
tipográficas y literarias de la obra y las ventajas ó
desventajas que ofrezca respecto de otras ediciones,
que también examinaréis. Y él, á dos por tres, os
dará buscado el pasaje que anhelabais consultar:
tanto y tan bien conoce sus libros por de fuera y
por de dentro.
Común achaque de bibliófilos es, señores Aca-
démicos, el prurito de no dejar disfrutar de nadie las
obras á gran costa adquiridas, y aun el esconder-
las á las miradas de los curiosos, como si fueran
mujeres de serrallo, para nadie visibles sino para el
celoso sultán. De tal achaque no padece ni padeció
nunca el Marqués de Jerez de los Caballeros: sus
riquezas bibliográficas podrían ostentar exlibris aná-
logo al que llevan las que poseía el Marqués de Mo-
rante: « De Joaquín Gómez de la Cortina y de sus
amigos »; y no ya las personas á quien el recipien-
dario favorece con su amistad, sino cuantas de sus
libros necesitan disponen de ellos; que su biblioteca
es templo abierto para todos los fieles y en él á to-
das horas puede tributarse culto á Minerva.
Á más todavía se extiende la liberalidad del
erudito bibliófilo á cuyo discurso estoy contestan-
do; pues, en su loable deseo de ser útil á las le-
tras, y no parando mientes en que las preciosida-
des bibliográficas pierden de su precio cuando se
vulgarizan, hace reimprimir á sus expensas, en co-
rrectas y lujosas ediciones, las más apreciables y
buscadas, y regala con los flamantes ejemplares á
— 54 —
las bibliotecas públicas y á los amantes del saber,
muchos de los cuales, sin ese nada común despren-
dimiento, estarían condenados á no poseer, nunca
quizás, tan curiosos libros. Tarea prolija, impropia
de un trabajo como el presente, habría de ser el re-
ducir á catálogo las obras reimpresas por iniciativa
y á costa del nuevo académico y las que por pri-
mera vez ha hecho estampar, ya publicando anti-
guos é importantes manuscritos, ya siendo editor
de valiosas producciones literarias debidas á autores
contemporáneos. Con todo, ¿cómo no recordar si-
quiera, entre las obras reproducidas, el Panegírico
por la Poesía, impreso en 1627, anónimo, pero ave-
riguadamente debido á la pluma de D. Fernando
de Vera y Mendoza, libro interesante por lo que
abunda en noticias de los poetas de aquel tiempo,
y cómo no hacer mención de las Lágrimas de San
Pedro, de Rodrigo Fernández de Ribera, de la Glo-
sa de Montemayor á las Coplas de Jorge Manrique ,
de las Soliadas de D. Diego Félix de Quijada y Ri-
quelme, que, aunque se sabe que se publicaron,
nadie entre los modernos había logrado ver impre-
sas, y de la Primera parte de las Flores de poetas
ilustres de España, ordenada por Pedro Espinosa,
«libro de oro, el mejor tesoro de poesía española
que tenemos», en sentir del doctísimo Gallardo?
Entre las obras antiguas dadas á luz por primera
vez á expensas del Marqués de Jerez de los Caba-
lleros, justo será citar siquiera dos: las hermosas
Rimas castellanas del abad D. Antonio de Maluen-
da, descubiertas entre los manuscritos de la Biblio-
— 55 —
teca Nacional por D. Juan Pérez de Guzmán y Gallo,
cuyo es el extenso y erudito estudio que precede á
la colección, y la Segunda parte de las Flores de
poetas antes citadas, que coligió D. Juan Antonio
Calderón en 1 6 1 1 y quedaron sin publicar hasta que
D. Juan Quirós de Jos Ríos y el nuevo académico
pensaron en darlas á la estampa, utilizando la copia
que del códice existente en la biblioteca de los Du-
ques de Gor había obtenido el Sr. Menéndez y Pe-
layo. Y á fe que si es libro de oro la parte primera
de estas Flores, la impresa en 1605, no sé de qué
otra rica materia pueda ser la segunda, en la cual
se contienen muchas excelentes poesías de vates
poco ó nada conocidos hasta ahora y muchas otras
inéditas de ilustres ingenios de cuyo justo renom-
bre más sabíamos por los elogios de sus contem-
poráneos que por el estudio de sus obras. En ese
precioso florilegio, que contiene más de doscientas
composiciones, hay diez de Barahona de Soto, que
patentizan con cuánta razón se le llamaba el divino,
y quince, lindísimas todas, de Alonso Cabello el de
Antequera, y veintisiete de Pedro de yesús, nom-
bre que tomó Espinosa al hacerse ermitaño, y nada
menos que cuarenta y cuatro de Luís Martin de la
Plaza, del poeta dulcísimo á quien debemos el de-
licado madrigal que comienza:
Iba cogiendo flores...,
uno de los mejores que engalanan el Parnaso Espa-
ñol. ;Oueréis juzgar, señores Académicos, si el estro
del eximio poeta antequerano, en esta antología,
desmerece del que le dicto el inimitable madrigal.
— 5 6 —
Pues perdonadme por la digresión y escuchad los
dos sonetos siguientes:
Con líquido y risueño movimiento
La nieve de los montes se desata
Y da en arroyos de luciente plata
Al campo de esmeraldas ornamento.
Por los pimpollos, con süave acento,
Su antigua queja el ruiseñol relata,
Y por los prados de carmín dilata
Su errar la abeja y su murmurio el viento.
En fin, en la agradable primavera
Yerbas y plantas, aves y animales
Olvidan del ivierno los enojos.
¡Oh, consuelo divino! ¿Quién no espera?
Que pasará el ivierno de los males
Y el verano del bien verán mis ojos.
¿Qué temes al morir? ¿Por qué procura
Hombre, tu afecto vida tan ajena
De propios bienes y de males llena,
Tan bien guardada cuanto mal segura?
La muerte es fin de tu prisión obscura
Y por quien gozarás de la serena
Paz de otra vida, donde no la pena,
Sino la gloria para siempre dura.
Aunque es la muerte horrenda, no te espante;
Que tu bien solicita, pues intenta
Que vivas inmortal después de muerto.
Díme, ¿no será loco el navegante
Que guste de quedarse en la tormenta
Cuando le ofrece su descanso el puerto?
Aunque el Sr. Marqués de Jerez de los Caballeros
no tuviese más merecimientos que el de ser gene-
roso editor de libros en que por primera vez salen
57
á lucir tales primores, de derecho se le debería el
galardón que le otorgáis. Pero no sólo protege las
antiguas letras; amante de las buenas, sean de cuan-
do fueren, y ganoso de contribuir á su mayor brillo,
siempre aceptó con agradecimiento las dedicatorias
con que sus amigos le obsequiaron y siempre dió
á la estampa á su costa las obras dedicadas. Así
vió la luz una vez más, en 1892, la colección de
sentidísimos cantares intitulada Melancolía, sarta de
hermosas perlas debida á nuestro buen amigo don
Luís Montoto, secretario primero de esta Real Cor-
poración; así se publicaron las Poesías selectas y el
Romancero de Alonso Pérez de Gnzmán , del Aca-
démico preeminente D. Juan Nepomuceno Justiniano
y Arribas, y, entre otros muchos libros, no menos
apreciables que éstos, varios del Sr. Gutiérrez de la
Vega, y del Conde de las Navas, y del Barón de la
Vega de Hoz; y así se acaba ahora de imprimir la
Historia y Bibliografía de la Prensa sevillana, pre-
paradas por el laborioso joven D. Manuel Chaves,
y pronto podremos regalarnos con la lectura de la
Biografía del Marqués del Aula, hábilmente escrita
por el docto historiador D. Antonio Aguilar y Cano,
y de una interesantísima Colección de documentos iné-
ditos fara ilustrar la vida de Cervantes, hallados á
costa de afanes sin número por D. Cristóbal Pérez
Pastor (1).
s á expensas ’del Sr. Marqués de Jerez de los Caballeros.
;o omitiré alguna: , „ T ■ * _
1. Poesías espirituales de la venerable Dona Luisa de Car
— 58 —
Entretanto, quien tales publicaciones favorece,
quien de este modo honra las ajenas plumas, no tie-
ne en el ocio la suya propia; que la ocupa sin tregua
en redactar, para hacerlo imprimir, el numeroso ca-
tálogo de sus alhajas literarias, y ya antes de ahora
escribió, ciertamente con gran pericia, una muy
copiosa bibliografía de nuestras coplas, así erudi-
tas como populares, bajo el modesto título de A r o-
v ajal y Mendoza. Muestras de su ingenio y de su espíritu. — Se-
villa, Izquierdo y sobrino, 1885. — En 8.°; 149 páginas.
2. Panegírico por la Poesía. (Segunda edición.) — Sevilla,
Enrique Rasco, 1886. — En 8.°; 65 hojas.
3. Panegírico al Chocolate , por el Capitán Castro de Torres.
(Segunda edición.)- — Sevilla, Enrique Rasco, 1887. — En 4. 0 ; 32
páginas.
4. Doti Sancho el de Peñalén, leyenda tradicional de la histo-
ria de Navarra, por Santos Landa. — Sevilla, Enrique Rasco,
1887. — En 4. 0 ; 77 páginas.
5. Fiestas de toros y cañas celebradas en la cuidad de Cór-
doba el año de i6yi , co 7 i una advertencia para el juego de las
cañas y un discurso de la caballería del torear, por D. Pedro Me-
sía de la Cerda, Caballero de la Orden de Alcántara. — Sevilla,
Enrique Rasco, 1887. — En 8.°; 51 páginas.
6. Soliadas de D. Diego Félix de Quixada y Riquelme. —
Sevilla, Enrique Rasco, 1887. — En 4. 0 ; xxxix-47 páginas.
7 . Décimas á la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora,
de diferentes autores. — Sevilla, Enrique Rasco, 1888. — En 8.°;
23 páginas.
8. Glosa de Jorge de Montemayor á las Coplas de Jorge
Manrique. — Sevilla, Enrique Rasco, 1888. — En (forma de los
Astetes viejos); vm-47 páginas.
9. Relación de las Jiestas, con qve la ciudad del Porto so-
lenizo el felice nacimiento del Príncipe Balthazar Carlos Domingo,
nuestro Señor, hijo primogénito del Augustissimo Rey de las Hes-
pañas Don Philippe lili. En dia de la Expectación del Parto de
Nuestra Señora, de 1629. Por luán Brito de Castelbranco. — Por
luán Rodríguez. En la ciudad del Porto. — Lisboa, Imprenta Na-
cional, 1888. — En 8.°; 44 páginas.
10. Mverte de Iesvs Llanto de María, por Manvel de Paria
y Sousa. — Lisboa, Imprenta Nacional, 1888. — En 8.°; 8 páginas.
11. Lágrimas de San Pedro, por Rodrigo Fernández de Ri-
bera. — Sevilla, Enrique Rasco, 1889. — En 8.°; 39 páginas.
12. Mesa florecida de romances, coplas y villancicos al Santí-
— 59 —
ticia de algunas colecciones de cantares publicadas
en España. Pero ¿á qué alegar con lo pasado ni con
lo futuro? Bonísima prueba de lo mucho que ha de
esperarse de quien con estos excelentes auspicios
viene á compartir nuestras tareas es el correcto y
muy erudito discurso que hemos tenido la satisfac-
ción de escuchar. Á él debemos sabroso deleite y
completas noticias, hasta ahora ignoradas, de una
simo Sacramento , por Jusepe Auñón. — Sevilla, Enrique Rasco,
1889. — En 8.°; 63 páginas.
13. Tratado de la Caza del vuelo, por el Capitán D. Fer-
nando Tamariz de la Escalera; con un discurso, un apéndice y
notas del Excmo. é limo. Sr. D. José Gutiérrez de la Vega. —
Sevilla, Enrique Rasco, 1889. — En 8.°; xv-71 páginas.
14. Descripción de varias fiestas de toros, por D. Fermín de
Sarasa y Arce. — Sevilla, Enrique Rasco, 1889. — En 8.°; 63 págs.
15. Chistes hechos por diversos autores. — Sevilla, Enrique
Rasco, 1890. — En 8.°; 31 páginas.
16. Soliloquios amorosos de un alma á Dios, por Félix Lope
de Vega Carpió. — Sevilla, Enrique Rasco, 1890. — En 16. 0 ; 63
páginas.
17. Anfiteatro de Felipe el Grande, por D. José Pellicer de
Tovar, con un discurso del Excmo. é limo. Sr. D. José Gutiérrez
de la Vega. — Sevilla, Enrique Rasco, 1890. — En 8°; XL-175
páginas.
18. Los perros de caza españoles: apuntes cogidos al vuelo
por el Excmo. é limo. Sr. D. José Gutiérrez de la Vega; con un
apéndice sobre las Chasses a Mallorca. — Sevilla, Enrique Rasco,
1890. — En 4. 0 ; "fi páginas.
19. Cancionero de Nuestra Señora para cantar la Pascua
de la Natividad de Nuestro Señor Jesuc?-isto, compuesto por Ro-
drigo de Reinosa. (Nueva edición.) — Sevilla, Enrique Rasco,
1890. — En 16. 0 ; 40 páginas.
20. Cántico en acción de gracias á la Virgen del Sagrario
de Toledo por haber cesado la peste en dicha ciudad el día en que
salió en procesión hasta Zocodover, 23 de Agosto de 1883. — Sevi-
lla, Enrique Rasco, 1890. — En 32. 0 ; 15 páginas.
21. Poesías selectas de D. Juan Nepomuceno Justiniano y
Arribas. — Sevilla, Enrique Rasco, 1891. — En 4. 0 ; 2 hojas sin fo-
liar y 163 páginas.
"22. Historia de muchos Juanes: romances por D. Luís Mon-
toto y Rautenstrauch. — Sevilla, Enrique Rasco, 1891. — En 16. °;
79 páginas.
— 6o —
Academia poética que dirigió en la Corte uno de los
varones más insignes de nuestra patria en este siglo:
el sabio y virtuoso D. Alberto Lista, vate eminente,
regenerador de nuestros estudios literarios, maestro
o
venerado y venerable de toda una generación de
poetas españoles y eximio Director de la Real Aca-
demia Sevillana de Buenas Letras. ¡Qué bien se echa
de ver en las composiciones engastadas por el re-
23. Cosas de España, por Espinosa y Quesada {a). — Sevilla,
Enrique Rasco, 1892. — En 8.°; 192 páginas.
24. Algunas rimas castellanas de el Abad D. Antonio de
Maluenda, natural de Burgos. — Sevilla, Enrique Rasco, 1892. —
LX-153 páginas.
25. Melancolía: colección de cantares por D. Luís Montoto.
—Sevilla, Enrique Rasco, 1892. — En 16. 0 ; 109 páginas.
26. Chavala: historia disfrazada de novela, por D. J. López-
Valdemoro, Conde de las Navas {b).— Sevilla, Enrique Rasco,
1893. — En 8.°; 255 páginas.
27. Odas de Horacio, traducidas por Mateo Alemán. — Cá-
diz, Viuda de Niel, 1893.— En 8.°; 6 páginas.
28. Sonetos de varios ingenios de Madrid á don A?itonio de
las Varillas, habiendo toreado en las fiestas reales de esta corte,
recogidos por un aficionado suyo. — Sevilla, Enrique Rasco, 1893.
— En 8.°; 16 páginas.
29. Eos poemas inéditos ( Lágrimas de San Pedro. — Lágri-
mas de la Magdalena), por el Marqués de Berlanga. — Madrid,
Fortanet, 1893. — En 8.°; 65 páginas.
30. Tomás Moro, de Femando de Herrera. — Madrid, Su-
cesores de Rivadeneyra, 1893. — En 8.°-, 76 páginas.
31. Glorias sevillanas: Noticia histó?-ica de la devoción y culto
que la micy noble y muy leal ciudad de Sevilla ha profesado á la
Inmaculada Concepción de la Virgen María desde los tiempos de
la antigüedad hasta la presente época. Por el presbítero D. Ma-
nuel Serrano y Ortega, Licenciado en Derecho civil y canónico.
— Sevilla, Enrique Rasco, 1894. — En 4. 0 ; 923 páginas.
32. El Premio de la Constancia y Pastores de Sierra Ber-
meja, por Jacinto Espinel Adorno. (Segunda edición.) — Sevilla,
Tip. de El Universal, 1894. — En 8.°; preliminares y 434 págs.
33. Cosas de España (segunda serie), por el Conde de las
Navas (c). — Madrid, Hijos de J. Ducazcal, 1895. — En 8.°; 151
páginas.
{a., b y c) Estos tres libros fueron costeados por el Sr. Marqués de Jerez de los Ca-
balleros y por su hermano el Sr. Duque de T’Serclaes.
— 6i
cipiendario en su discurso que Lista, al par que en-
señaba á sus discípulos las reglas de la poesía, su-
o-iriéndoles el amor á los estudios clásicos, les enea-
minaba por los hermosos senderos de la Libertad!
¡Cómo aquella entusiasta juventud, sana de corazón
y exuberante de inteligencia, asistía al brioso des-
pertar de un pueblo, aletargado por muchas décadas
34. Impresiones artísticas de D. Enrique de Leguina, Barón
de la Vega de Hoz.— Madrid, Hijos de J. Ducazcal, 1895. —
En 4. 0 ; 178 páginas.
35. Comprensión de la destreza, por D. Alvaro Guerra de la
Vega... con una advertencia del Excmo. Sr. D. Enrique de Le-
guina. — Sevilla, Enrique Rasco, 1895. En 4. 0 ; 38 páginas.
36. Ejercicios de la brida: carta de D. Antonio de Ojeda.
— Sevilla, Enrique Rasco, 1895. — En 16. 0 ; 22 páginas.
37. Caballeriza de Córdoba, por D. Alonso Carrillo.— Ma-
drid, Hijos de J. Ducazcal, 1895.— En 4°; x-27-46 páginas.
38. Primera parte de las Flores de poetas ilustres de España,
ordenada por Pedro Espinosa, natural de la ciudad de Antequera.
Segunda edición, dirigida y anotada por D. Juan Quirós de los
Ríos y D. Francisco Rodríguez Marín. — Sevilla, Enrique Rasco,
1896.— En 4. 0 ; vm-458 páginas. _
39. Segunda parte de las Flores de poetas ilustres de Jzspana ,
ordenada por D.Juan Antonio Calderón, anotada por D. Juan
Quirós de los Ríos y D. Francisco Rodríguez Marín, y ahora por
primera vez impresa. — Sevilla, Enrique Rasco, 1896. En 4. ,
vm-426 páginas.
40. Grandiosas fiestas qué en la corte se lucieron a la entrada
del señor Príncipe de Guasiala, embajador de S. M. . el señor Rey
de Hungría, con una loa al nacimiento del Príncipe de España,
compuesto por Gabriel Téllez. — Sevilla, Enrique Rasco, 1896.
En 16. 0 ; 17 páginas. T
41. Alonso Pérez de Guzmán: Romancero, por D. Juan Jus-
tiniano. — Badajoz, Uceda Hermanos, 1896.— En 8.°; 123 págs.
42. Historia y Bibliografía de la Prensa sevillana, por don
Manuel Chaves. Con un prólogo del Sr. D. Joaquín Guichot y
Parody, Cronista Oficial de la Ciudad.— Sevilla, Enrique Rasco,
1807. — En 4. 0 .. ^
43. El Marqués del Aula, por D. Antonio Aguilar y Cano.
— Sevilia, Enrique Rasco. — En 4. 0 (En prensad)
44 Documentos inéditos pa?-a ilustrar la vida de Cervantes,
hallados y anotados por D. Cristóbal Pérez Pastor.— Madrid,
Fortanet.— En 4. 0 (En prensa.)
9
62
bajo la acción del letal beleño del despotismo! ¡Qué
hermoso espectáculo ofrecía Lista á las generaciones
venideras, cuando, ya pasado lo que llamaba Dante
II mezzo del camin di nostra vita
y cercano á la vejez, se rodeaba de jóvenes, alguno
de ellos como Espronceda, de trece años, para en-
señarles á pensar y á sentir, en la Academia del
Mirto! Allí, rotos ya los estrechos moldes de la
menguada poesía del siglo XVIII, triunfante la nueva
escuela poética castellana, enteramente nacional en
sus formas, conocidos y universalmente admirados
los generosos esfuerzos hechos por Meléndez, Cien-
fuegos, Jovellanos, Quintana, Gallego, Arjona, Blan-
co, Forner y cien otros ilustres escritores, y puesta
la poesía, como acertadamente dice Wolff (i), al
nivel de las ideas y del gusto del siglo, elegíanse
para sus asuntos las verdades filosóficas, las vicisi-
tudes de la vida humana, los grandes acontecimientos
políticos, los sublimes espectáculos de la naturaleza
y los progresos de las ciencias y las artes, en vez de
seguir el camino de las naderías arcádicas y de las
puerilidades de versificación casera, harto trillado
hasta entonces. Ya por los años de 1823 en que
Lista dirigía la Academia del Mirto, se cosechaban,
maduros y abundantes, los frutos de aquel gran re-
nacimiento poético que, iniciado en Salamanca y en
Madrid, habíase comunicado á otras ciudades de
la península, especialmente á la del Betis,
«Roma triunfante en su mayor alteza»,
(1) Introducción á la Floresta de Rimas modernas caste-
llanas.
— 63 —
donde prosperó más que en parte alguna y tomó un
color local bastante pronunciado, amalgamándose
con nuestras gloriosas tradiciones del siglo XVI (i).
A la Academia de Letras Humanas se debió en
mucho aquella gloriosa resurrección y, tanto como
á quien más, á D. Alberto Lista, uno de sus princi-
pales promovedores. El inspirado autor de la mag-
nífica oda Á la muerte de Jesús no desmayó nunca
en la saludable empresa; á fuer de labrador diligen-
te, aplicábase á sembrar apenas terminada la siega
y bien cohechado el terreno. Poco podían con aque-
lla alma vigorosa contratiempos y desventuras: teje-
dor en sus primeros años, tejer fué su constante ofi-
cio, y á Lista se debe en gran parte el rico brocado
de nuestra restauración literaria; apóstol de la liber-
tad, al mismo tiempo que de las letras españolas,
de su esplendoroso espíritu llevamos todos en la in-
teligencia inmarcesibles destellos. Veneremos su bue-
Í5
na memoria como veneró sus honradas canas aquella
entusiasta y generosa juventud á quien dió á gustar
las dulcísimas mieles de la poesía.
Bien conozco, señores Académicos, que he abu-
sado de vuestra benévola atención mucho más de
lo disculpable. Contra lo que me propuse, mi insípi-
da perorata ha sido — y recuerdo el mismo refrán
que antes invoqué — mal que ha durado cien años.
De todas veras lo deploro. Pero de ese mal y del
pesar que siento por habéroslo causado os indem-
(éq'j Menéndez y Pclayo, Historia de las ideas estéticas en
España .
— 64 —
niza y me consuela sobradamente la justa satisfac-
ción que experimentamos en este día por el fausto
suceso que nos ha reunido.
La Academia Sevillana de Buenas Letras está
de enhorabuena, apesar de mi discurso.
HE DICHO.
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